Belmont Stakes: El “Test de los Campeones”
Por Alfonso Rodríguez Vera.
Claro que hay que bajar la distancia del Belmont Stakes. Si estos señores ya consideran una milla y media una carrera de maratón, sería una crueldad pedirles a los pobres caballos que corran un maratón a comienzos de junio. “Test de los Campeones”, la promocionaban en la prehistoria…
Publiqué este tuit, naturalmente con sarcasmo. No estoy de acuerdo con que se reduzca la distancia del Belmont Stakes. Pero el sarcasmo también tenía una parte de verdad: soy perfectamente consciente de que el caballo de hoy no es exactamente el mismo que teníamos hace algunas décadas y que buena parte de sus actuales limitaciones son consecuencia de cómo hemos orientado la cría durante los últimos años.

La idea de la New York Racing Association (NYRA) de reducir la distancia del Belmont Stakes a una milla y un cuarto ha abierto un debate que va mucho más allá del cuarto de milla que desaparecería de la carrera. En realidad, lo que está en juego es algo bastante más importante: qué queremos que represente el Belmont Stakes en el futuro.
David O’Rourke, presidente y CEO de NYRA, ha planteado que la milla y media, tradicional distancia del Belmont Stakes y razón por la que durante décadas fue conocido como el “Test de los Campeones”, ya no responde necesariamente a lo que la industria está criando. Los caballos modernos son seleccionados cada vez más por velocidad y precocidad, mientras que la resistencia parece ocupar un lugar menor en la cría.
El razonamiento tiene cierta lógica, pero conviene recordar cómo llegamos hasta aquí. Los tres Belmont Stakes disputados en una milla y un cuarto (aproximadamente 2.000 metros) no fueron concebidos originalmente como un cambio permanente de distancia. Belmont Park estaba cerrado por el proceso de reconstrucción y la carrera tuvo que trasladarse temporalmente a Saratoga. Por las características de su trazado, Saratoga no permite disputar el Belmont en su tradicional distancia de milla y media (aproximadamente 2.400 metros), por lo que durante estos tres años se optó por correrlo en una milla y un cuarto.
Esos Belmont demostraron que la carrera puede funcionar perfectamente en esa distancia: hubo competencia, buenos caballos y espectáculo. Pero que el experimento haya funcionado no significa necesariamente que debamos convertirlo en norma. Una cosa es adaptar la distancia porque las circunstancias lo exigen y otra muy distinta es cambiarla porque hemos decidido que los caballos ya no deberían correr una milla y media.
Precisamente la distancia es lo que históricamente ha diferenciado al Belmont de las otras dos carreras de la Triple Corona. El Kentucky Derby se corre en una milla y un cuarto; el Preakness, en una milla y tres dieciseisavos; y el Belmont, en una milla y media. No es un capricho. La progresión de las distancias forma parte de la lógica deportiva de la Triple Corona: velocidad, resistencia y, finalmente, la capacidad de sostener ambas cosas cuando el cansancio ya ha aparecido.
Si el Belmont pasa también a una milla y un cuarto, la diferencia entre el Derby y el Belmont prácticamente desaparecerá. Y entonces habrá que preguntarse qué queda del antiguo “Test de los Campeones”. No porque la milla y un cuarto no sea una distancia importante, sino porque dejaría de ser la prueba extraordinaria que durante generaciones separó al campeón de los buenos caballos.

Hay además una ironía difícil de ignorar. Si la industria ya no está criando caballos capaces de correr una milla y media, quizá el problema no esté en la distancia del Belmont Stakes. Quizá esté en la propia industria.
Cambiar la carrera para adaptarla a los caballos que se están produciendo parece una solución sencilla. Pero también puede convertirse en una forma de aceptar como inevitable una tendencia que quizás deberíamos intentar corregir. Si cada vez criamos para distancias más cortas porque los caballos modernos prefieren correr distancias más cortas, y después acortamos las carreras porque ya no criamos para distancias largas, terminaremos en una curiosa carrera hacia ninguna parte: cada generación necesitará menos resistencia y nosotros tendremos que seguir reduciendo las exigencias para acomodarla.
Y aquí conviene reconocer algo: no se puede culpar exclusivamente al caballo. El caballo es, en buena medida, el producto de las decisiones que durante años se han tomado sobre qué tipo de ejemplar se quiere criar y cuánto se está dispuesto a adelantar su desarrollo para hacerlo más atractivo comercialmente.
Se ha privilegiado la velocidad, la precocidad y el valor comercial, y a esto se suma el creciente protagonismo de las subastas de dosañeros en entrenamiento, donde los ejemplares son presentados en los meses de marzo, abril y mayo buscando impresionar con sus registros de velocidad. Para llegar a esas subastas en condiciones de ofrecer buenos tiempos, muchos caballos deben adelantar su proceso de preparación y entrenamiento cuando todavía están en una etapa muy temprana de desarrollo. Eso puede aumentar también su exposición a lesiones y contribuir a que tengamos ejemplares más precoces, pero menos preparados para desarrollar y mantener la resistencia necesaria para las grandes distancias.

Si durante años hemos premiado comercialmente la velocidad y la precocidad, no debería sorprendernos que hoy tengamos menos caballos capaces de afrontar con naturalidad una milla y media.
Pero precisamente por eso el Belmont adquiere todavía más importancia.
Quizás la pregunta que debería hacerse NYRA no sea: “¿Los caballos actuales están preparados para correr una milla y media?”. La pregunta podría ser otra: “¿Queremos que los caballos del futuro sigan estando preparados para correr una milla y media?”.
Son preguntas muy diferentes.
Si la respuesta es que no, entonces reducir el Belmont puede ser perfectamente coherente con la dirección que ha tomado la industria. Pero si todavía creemos que la resistencia tiene un lugar dentro de la selección del “thoroughbred”, entonces el Belmont debería conservar precisamente aquello que obliga a los criadores, entrenadores y propietarios a valorar esa cualidad.
Naturalmente, la tradición por sí sola no puede ser un argumento suficiente. Las carreras deben evolucionar. Pero evolucionar no significa necesariamente eliminar aquello que las hace diferentes.
El problema tampoco parece estar necesariamente en la distancia. Durante años se ha discutido la dureza del calendario de la Triple Corona, el poco tiempo de recuperación entre el Kentucky Derby, el Preakness y el Belmont, y la manera en que ha cambiado la preparación de los caballos. Pero aquí aparece una decisión que puede complicar todavía más las cosas. A partir de 2027, el Preakness Stakes dejará su tradicional tercer sábado de mayo y pasará al cuarto fin de semana: se correrá el domingo 23 de mayo, tres semanas después del Kentucky Derby. La decisión de Maryland busca precisamente dar más tiempo de recuperación a los caballos que participan en el Derby y aumentar la participación en el Preakness.
El problema es que, si el Belmont mantiene su fecha del 5 de junio, el espacio entre el Preakness y el Belmont se reduce a apenas 13 días. Es decir, se le concede una semana adicional al caballo que corre el Derby para llegar al Preakness, pero se le quita tiempo para llegar al Belmont. Si precisamente estamos hablando de una generación de caballos que necesita más tiempo de recuperación entre carreras, resulta contradictorio resolver el problema de un lado de la Triple Corona trasladándolo al otro. Y si un propietario considera demasiado arriesgado correr tres carreras importantes en pocas semanas, reducir la distancia del Belmont tampoco necesariamente solucionará el problema. Quizás antes de tocar la milla y media deberíamos preguntarnos si lo que necesita revisión es el calendario.
Tal vez haya otras cosas que debamos cambiar antes de tocar la distancia de una milla y media.
Porque el Belmont no es simplemente otra carrera de Grado 1 para tresañeros. Es una carrera con una identidad construida durante más de un siglo. Ha sido el escenario en el que algunos campeones demostraron que podían hacer algo que otros buenos caballos no podían hacer: correr una milla y media después de una exigente temporada de primavera y sostenerse hasta el final.
El experimento de correr el Belmont a una milla y un cuarto ha demostrado que la carrera funciona. Ahora falta saber si NYRA quiere simplemente organizar una buena carrera de milla y un cuarto o preservar una carrera que durante generaciones significó algo mucho más difícil.

Porque una cosa es reconocer que el caballo ha cambiado. Y otra muy distinta es cambiar el Belmont cada vez que el caballo ya no puede hacer lo que antes le exigíamos.
Si queremos conservar el “Test de los Campeones”, quizá lo primero que debamos hacer sea seguir teniendo una carrera que merezca ese nombre. (A.R.V.)
