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Entender mi intestino, me llevó a entender más al del caballo

Podemos ayudarlos a estar en mejores condiciones y a rendir mas.

Por Hermán Guanipa van-Grieken. – Tengo más de 30 años graduado tratando el sistema digestivo de los caballos, con alimentos de alta calidad y también con los no tan altos. He visto cólicos de todo tipo, laminitis que parten el corazón, animales que comen poco pero que siguen aumentando de peso, y esa cara de “algo me cae mal pero no sé cómo decírtelo” que ponen los animales cuando su comida les afecta. Lo curioso y la coincidencia es que a mí también me tocó poner esa cara.

Durante varios años cargué con manchas en la piel, la espalda, el pecho, el cuello y hasta la cara, sin encontrarles explicación. Visité a los mejores dermatólogos en Caracas y siempre llegaban a la misma conclusión: estrés. Y como eran los años en que la situación sociopolítica y económica del país empeoraba a diario, terminé coincidiendo con ellos.

Hace siete años, un cólico fuerte, esta vez en mí mismo, me llevó por fin a consulta con una gastroenteróloga y una nutricionista. De ahí salió el diagnóstico: alergia al gluten. Pensé que era moda, pero lo acepté. Me pusieron a dieta estricta, hice una dieta sin cereales (ninguno, no solo los que tienen gluten) y también sin ajo, cebolla, espinaca, papas, entre otros, buscando disminuir cualquier alérgeno o antígeno alimentario. El cambio no se hizo esperar: las manchas de la piel desaparecieron por completo y otros signos de mejoría también surgieron, y hasta hoy tengo la piel sana, excepto en aquellos días en que no logro decirle que no a algo con gluten. Ahí hice un resumen de lo que había visto en muchos caballos en años anteriores. Lo que me estaba pasando a mí es, en el fondo, muy parecido a lo que le pasa a un caballo cuando algo anda mal en su intestino. La diferencia es que el caballo no puede decirte “me siento mal”, solo te muestra signos como un cólico, un casco caliente o cambios en la piel y el pelo.

Quiero contarte esto porque, aunque suene raro, entender mi propio intestino me ayudó a entender mejor el del caballo y creo que a ti también te va a servir, tengas caballos o no.

EL INTESTINO DEL CABALLO SE PARECE MÁS AL NUESTRO DE LO QUE CREES

El caballo no fue diseñado por la naturaleza para comer avena, maíz o melaza en grandes cantidades. Su sistema digestivo está creado para comer pasto horas y horas, procesando fibra poco a poco. Cuando le damos un concentrado cargado de almidón, que es exactamente lo que hacemos con la mayoría de los caballos de cualquier deporte o de trabajo, una parte de ese almidón no se alcanza a digerir en el estómago ni en el intestino delgado, y llega “crudo” hasta el colon y el ciego, donde habitan la mayoría de las bacterias que transforman la fibra en energía, sintetizan vitaminas esenciales y mantienen el pH dentro del intestino entre 6.5 y 7.0, lo que evita la proliferación de bacterias patógenas oportunistas. Ahí es donde empieza el problema. Esas bacterias fermentan el almidón, se genera ácido, baja el pH, mueren las bacterias buenas, y la pared del intestino, que normalmente actúa como un filtro selectivo o una barrera, se vuelve porosa. A eso los científicos lo llaman” intestino permeable” o leaky gut, y no es un término de moda de la IA: es un mecanismo real, medible, que dispara inflamación en todo el cuerpo del animal. De ahí pueden presentarse cólicos, diarreas y hasta laminitis, que es una inflamación que literalmente separa el casco del hueso.

¿Suena parecido a algo de lo que se habla mucho en medicina humana últimamente?

Correcto. Es el mismo concepto de intestino permeable que hoy se discute en personas con intolerancias alimentarias, solo que en el caballo lleva estudiándose con seriedad desde hace más tiempo, precisamente porque las consecuencias son tan visibles y costosas para sus dueños.

LA SOYA: CUANDO LA PROTEÍNA “SANA” TAMBIÉN PUEDE AFECTAR

La soya es una de las principales protagonistas del alimento concentrado, tanto para caballos como en la dieta humana. Pero la soya cruda tiene unas proteínas (lectinas y otras que se llaman glicinina y beta-conglicinina) que, según varios estudios en animales, pueden pegarse a las células del intestino, alterar la barrera intestinal y provocar una respuesta inflamatoria local que lleva a “reducir significativamente la absorción de aminoácidos clave en el íleon (otra parte del intestino) como la lisina y la metionina, debido a la hiperestimulación y el bloqueo enzimático en monogástricos”, como la especie a la cual nos referimos: el caballo. Por eso a los caballos nunca se les da soya cruda: siempre tiene que pasar por un proceso de calor (tostado o extruido) que desactiva estas sustancias. Sin embargo, aunque dicho proceso reduce en gran porcentaje las consecuencias negativas de la soya, ese bajo porcentaje que queda puede ser significativo cuando el animal está expuesto día a día a grandes cantidades del alimento, como los purasangres de carreras en entrenamiento, que ingieren en promedio unos 8 kg diarios de alimento concentrado. Eso lleva a que se acumulen esos bajos porcentajes de factores negativos por el consumo diario, y si tomamos en cuenta la sensibilidad individual de cada caballo, en algunos individuos pueden mantenerse las consecuencias negativas de la soya aun sometida al proceso de extrusión o tostado.

Curiosamente, esas mismas proteínas de la soya son reconocidas como alérgenos en humanos: muchas personas alérgicas a la soya reaccionan justamente a esas dos proteínas.

Otra vez, el mismo actor, en dos escenarios distintos.

EL GLUTEN EN MÍ, LA INFLAMACIÓN EN EL CABALLO: MISMO MECANISMO, DISTINTO FACTOR DESENCADENANTE

En mí la certeza está clara: es el gluten. Lo sé porque cuando como maíz, trigo, arroz o cebada, los signos vuelven a aparecer. En el caballo no puedo afirmar eso con la misma seguridad; lo que sí está bien documentado es que el problema de fondo es la inflamación de la mucosa intestinal producto de la disbiosis. Esta es desencadenada por una doble vía: la acidosis del intestino posterior por el exceso de cereales y almidones, y los procesos de hipersensibilidad o metabolización tóxica derivados de proteínas vegetales como la soya. El gluten, en el caballo, es apenas una pieza puntual de ese rompecabezas —documentada en un grupo específico de casos—, no la explicación general de sus cólicos o su laminitis. Aquí es donde la cosa se pone personal o individual, como se acotó antes. Investigadores de la Universidad de Utrecht, en Holanda, llevan más de 10 años documentando algo que a muchos colegas todavía les cuesta creer: hay caballos que desarrollan anticuerpos contra el gluten del trigo, con daño real y medible en las vellosidades de su intestino delgado, el mismo mecanismo, casi que copiado, de la enfermedad celíaca en humanos.

El caso que me llamó la atención, en el estudio de ese mismo grupo holandés, fue el de un caballo de 11 años que, además de problemas digestivos, tenía reacciones en la piel. Le quitaron el trigo de la dieta por tres meses y tanto los anticuerpos en sangre como la piel mejoraron marcadamente. No es un caso aislado ni un cuento de camino: es ciencia publicada, con nombre y apellido de los investigadores.

¿Por qué esto no es más conocido? Porque el trigo y la soya se usan cada vez más en los alimentos concentrados de caballos de deporte (aportando energía y cuerpo al alimento) y porque todavía hay veterinarios (y médicos humanos también) que ven la sensibilidad al gluten como una moda más que como una condición real. Yo los entiendo, porque yo mismo dudé de mi propio diagnóstico al principio. Pero cuando ves con tus propios ojos a

un caballo mejorar clínicamente al sacarle el trigo y la soya (incluso el maíz) de la dieta, es difícil seguir siendo escéptico.

¿Y EL MAÍZ “LIBRE DE GLUTEN”? AQUÍ VIENE LO INTERESANTE

Este es el punto que más me interesa compartir, porque casi nadie habla de esto. Cuando me pusieron en esa dieta estricta hace siete años, no me limité a sacar el trigo: eliminé todos los cereales, maíz incluido. En ese momento lo hice simplemente porque así me lo indicaron mi gastroenteróloga y mi nutricionista, sin enjuiciarlo ni criticarlo. Además, el cólico me asustó. Pero con el tiempo entendí por qué esa decisión tenía más sentido científico del que yo mismo pude pensar, obvio, sin tener los argumentos apropiados en aquel momento. Resulta que el maíz, aunque técnicamente no contiene gluten, tiene una proteína propia llamada zeína, que es muy parecida al gluten desde el punto de vista molecular: comparten ciertas secuencias de aminoácidos.

Hay investigación científica seria (no solo rumores de internet) que ha explorado si, en un grupo reducido de personas con sensibilidad al gluten o celiaquía (sobre todo aquellas que no mejoran del todo con una dieta libre de gluten estándar), la zeína del maíz podría generar una respuesta inmune parecida a la del gluten, por ese parecido molecular. Ojo: esto no significa que todo el mundo con sensibilidad al gluten reaccione igual al maíz, ni que sea una regla general. Es una hipótesis seria, en un subgrupo específico, todavía en investigación, no un veredicto cerrado. Pero viéndolo en retrospectiva, no me sorprende que mi mejoría (la piel sana) llegara justo cuando saqué también el maíz de mis comidas, y no solo el trigo. ¡Y tanto que me gusta la arepa, la cachapa y la pasta!

Lo traigo a colación porque en la alimentación de caballos pasa algo parecido con eso de “cambiar de fuente de energía”: muchas veces sustituimos un ingrediente problemático por otro que asumimos “más seguro”, sin preguntarnos si ese nuevo ingrediente tiene su propia letra pequeña. La industria de la nutrición equina ha dado un giro radical ante la evidencia del impacto inflamatorio y metabólico de ciertos ingredientes. Actualmente, marcas especializadas ya formulan alimentos concentrados sin maíz ni soya, bajando los azúcares y almidones de manera importante para proteger la salud digestiva y sistémica del caballo de alto rendimiento.

Se elimina la sobrecarga de almidón: se sustituyen los granos como fuente de energía por fibra superdigestible, como la pulpa de remolacha y la cascarilla de soya procesada sin el factor antigénico, y por grasas estabilizadas. Así se previene la temida acidosis del intestino posterior, el cólico por fermentación y los picos anormales de insulina.

Se protege la barrera intestinal: al sacar la soya y sus lectinas o inhibidores proteicos residuales, disminuye la inflamación de la mucosa y la hiperpermeabilidad, lo que reduce drásticamente las respuestas inmunitarias intestinales y sistémicas en caballos bajo el estrés de la alta competencia.

Nutrición orientada al rendimiento real: las fuentes de proteínas se construyen a base de aminoácidos sintéticos puros y fuentes proteicas de alta biodisponibilidad que no afectan la integridad digestiva, lo cual ayuda a mantener la masa muscular sin el riesgo de una inflamación crónica subclínica, es decir, sin que se manifiesten signos evidentes.

NO TODOS ME VAN A CREER, Y ESTÁ BIEN

Sé que parte de esta historia todavía genera cejas levantadas, tanto en el mundo de la medicina humana como en el veterinario. La ciencia de las sensibilidades alimentarias en ambas áreas avanza más lento que la cantidad de gente que las vive día a día. Eso genera una brecha incómoda: mientras la evidencia se termina de consolidar, hay pacientes (de dos y de cuatro patas) sufriendo síntomas reales que muchas veces se minimizan.

No es una recomendación de que se le saque el trigo o el maíz a tu caballo sin criterio, ni de que dejes de comer algo sin hablarlo con tu médico. Es una invitación a algo más simple: a prestarle atención a los patrones. Si el caballo tiene cólicos leves recurrentes que nadie logra explicar, si la piel y el pelo están afectados, si presenta edema en los miembros cuando amanece, si sus heces son siempre muy blandas, incluso pastosas, incluso si tiene las proteínas séricas bajas, entre otros síntomas, vale la pena investigar más allá de lo obvio. Y si le pasa algo parecido con tu propia comida, también.

AL FINAL, TODOS TENEMOS INTESTINO

Trabajar con caballos me enseñó algo que a la medicina humana a veces se le olvida: el cuerpo no miente, aunque no siempre tenga palabras para explicarse. Un caballo no puede decir “hoy me siento mal”, pero su comportamiento, su bienestar y hasta su piel te lo dicen si sabes “leerlos”. Nosotros, que sí podemos comunicarnos, muchas veces ignoramos esas mismas señales en nuestro propio cuerpo por años.

Así que la próxima vez que sientas que “algo te cayó mal” y no encuentres explicación, piensa en esto: no eres tan distinto a un caballo con cólico. Ellos, como nosotros, merecemos que alguien investigue con paciencia qué hay realmente en el plato.

¿Tienes un caballo con problemas digestivos recurrentes, o tú mismo sospechas de alguna sensibilidad alimentaria? Cuéntame tu historia en los comentarios. Me encantaría conocerlo.